El Cartógrafo del Cosmos
Catorce de febrero, la sombra al alba emerge,
y en Roma Babilonia se alza un credo incierto.
El orden de los dioses augura un tiempo arcano,
cifrado en la penumbra del signo del Mesías.
Se erigen los altares, la carne es sacrificio,
los templos son fundados con huesos y ceniza.
La ciencia se proclama: la tierra es el gran centro,
y todo gira en torno al trono de los hombres.
La llama que devora se alza con su juicio,
los mares se levantan, la guerra es inminente.
Los hijos de la pólvora siembran un destino,
y el viento es el espectro de un reino que vacila.
El sabio que en las sombras contempla los enigmas
desvela lo ocultado con llamas en su mente.
La tierra no es el centro, se inclina ante el monarca,
un sol de fuego eterno que rige desde lejos.
La noche es un presagio, la hoguera es el castigo,
mas sigue el pensamiento su danza en lo infinito.
Un crimen es el verbo que hiere a los antiguos,
mas todo está en la balanza del juicio universal.
Hereje del espacio, Copérnico contempla
los giros estelares que ocultan un misterio.
El astro solitario susurra las respuestas,
mas solo el ojo sabio descifra su fulgor.
Los siglos son testigos del miedo a lo ignorado,
la espada y la palabra sostienen sus batallas.
Los dioses en la sombra observan la osadía,
y el eco de la ciencia resuena con susurros.
El tiempo se retuerce en órbitas ocultas,
la mente se estremece al ver lo ineludible.
Y así, Copérnico, en noches silenciosas,
comprende lo vedado, más allá de las sombras.